Entre el desierto infinito de la hoja en blanco y la petulante seguridad del dibujo definitivo, las primeras líneas de una idea ofrecen el mapa genético de cada invención. Así y todo, son una hoja de ruta clara y engañosa a la vez. Por un lado, dibujan los caminos posibles para alcanzar la realización y, por el otro, sugiere muchas otras alternativas que sólo el observador puede reconocer.
En algunos casos, toda la energía del croquis dejará el papel para tomar forma en la realidad; cruzará el puente que une la creación con la cordura. En otras oportunidades, el dibujo será sólo la herramienta que imagina lo imposible y enfrenta la consecuente frustración.
Pero, en ambos casos, el boceto relata cientos de sinuosos caminos que podrían llevan a otras tantas concreciones. Tan estimulantes y potentes como todo lo que resulta imposible. Sin quererlo, entre sus meandros, se ocultan dudas y certezas del autor. Guiños inconscientes a su propia historia y evidencias forenses de las voluntades ingobernables que habitan los grandes trazos. Nuestros ojos tiene que adivinar todas esas posibilidades latentes, siempre fecundas y sugerentes. La magia congelada de lo posible.