Estoy seguro de que las palabras y las ideas que compongan este pequeño escrito no revelarán nada nuevo en torno del fenómeno del dibujo que sale de las manos del arquitecto. Hay al respecto sesudas reflexiones, y la valenciana Consuelo Císcar y nuestro Jorge Glusberg han redactado sobre eso textos sustanciosos.
Por otro lado, me caben las generales de la ley porque la mitad de los expositores, está muy cerca de mis afectos y comparto con ellos buena parte de mi escala de valores.
Entonces, yendo al grano, diré que además de la mayor o menor destreza que revelan las obras aquí expuestas, de la afinidad que el observador encuentre en su diálogo con ellas, hay un rasgo que las hace congruentes y que personalmente percibo en mi condición de colega de los autores: es la profesión de fe que comportan en su calidad de anticipos, promesas, fantasiosas ilusiones de un espacio a realizar después.
Cada uno revela en su caligrafía la carga expresiva que hay detrás de los trazos, el nervio vangoghiano o la calma renacentista, el rigor de la disciplina tectónica o la fantasía formal de un espacio soñado y todavía brumoso, o brillantemente iluminado.
Esto diferencia de manera nítida al dibujo en general del dibujo de los arquitectos. La inequívoca vocación de instrumento y no de fin en sí mismo, de vehículo para llegar al espacio que está en gestación y que esperamos dar a luz.